El mar de Faery

El vacío



El vacío

Cuando entró en el apartamento, solo encontró aquella caja tecnológica en la pared del salón. De todo lo que habían compartido aquellos años, ella solo le había dejado aquel moderno artefacto de diseño vanguardista cuya compra había sido motivo de diversas disputas. El resto había desaparecido. En el suelo y en las paredes solo las huellas del espacio ocupado antes por muebles y cuadros. Un recuerdo de lo que un día habitó allí pero que ya no existiría más. Al igual que su amor. Ella solo había excluido de su expolio aquel aparato regulador de la temperatura ambiental que nunca le gustó y le había dejado el vacío, un inmenso vacío que ahora podría climatizar a su antojo con un sencillo y sofisticado mando a distancia.

Le pareció una broma. Y sin embargo, aquel artilugio que él nunca había querido en su hogar era ahora la única presencia física en el apartamento. Se detuvo frente a la pared y lo miró fijamente durante unos minutos. Tuvo la sensación de que aquella cosa también le observaba con gesto desafiante. Su blanca superficie brillante le irritó. Recordó con fastidio que, en la tienda de electrodomésticos, incluso en la elección de la marca habían discrepado. Al final, él desistió de opinar, como siempre.

Intentó recordar algún momento de su relación en el que hubieran estado de acuerdo en algo, pero en vano. Desde el principio, ella siempre quiso tener la razón en todo, pero el amor joven y la pasión conseguían diluir los enfrentamientos. Sin embargo, con el tiempo, la separación fue la única salida. Aquella mañana, cuando se encontró solo con las blancas paredes y el espacio vacío del apartamento, comprendió que ella había decidido por él, de nuevo. Lo entendió. No discutiría más para recuperar un armario o una lavadora. Que se lo quedara todo.

Así que ahora se encontraba solo, solo ante el vacío. A pesar del desamor, se había acostumbrado a estar con ella y se sentía perdido. Vacío por dentro y en un apartamento vacío… No sabía si podría con tanta vacuidad…

Pero tenía que reaccionar. Intentó dejar a un lado sus sentimientos, centrarse y priorizar las cuestiones prácticas. Ante todo y para empezar a llenar aquel espacio, necesitaría al menos comprar una cama, un sofá y una nevera. También una lavadora.

Sentado en el suelo, mientras escribía mentalmente su peculiar lista de la compra, sintió calor y pensó en abrir la ventana, pero al momento de incorporarse percibió una presencia que le llamaba casi en un susurro. Entre sorprendido y extrañado, se giró y sus ojos se detuvieron ante el aparato de aire acondicionado. Tuvo la impresión de que la voz procedía de aquel dispositivo, pero era absurdo. Aquella caja lacada no podía hablar. Definitivamente, tenía que centrarse ya. Empezaba a desvariar. Y, sin embargo, pensó, podría poner en funcionamiento el aire acondicionado y olvidarse de abrir la ventana. No, no lo haría. Él nunca estuvo de acuerdo en que aquel aparato entrara en casa. No le gustaba el extraño olor que notaba en el piso cuando se ponía en funcionamiento. Ella insistía en que eran manías suyas y él cedía por cansancio. Y sin embargo, ahora, con la única compañía de aquel dispositivo, pensó que, sin darse cuenta, con los años había empezado a acostumbrarse. Sí, ¿por qué no? Lo miró de reojo y, con expresión conciliadora, presionó el botón de encendido del mando. El aparato empezó a funcionar con un suave ronroneo que, en esos momentos de soledad, a él le pareció amistoso, casi humano. Al cabo de unos minutos, el sonido del motor era casi imperceptible y, sin embargo, aquella presencia silenciosa conseguía que se sintiera de alguna manera acompañado. En el salón, la temperatura era ahora agradable, y poco a poco empezó a sentirse menos solo, menos vacío.

Siguió con su lista. Debía equipar mejor la cocina… Estaba más tranquilo. Poner orden en cuestiones logísticas le proporcionaba una sensación de sosiego. Se sentía cómodo allí sentado. El aparato pareció por un segundo despertar de su letargo y emitió un breve ruido que pronto se acalló, como si se sumiera de nuevo en su productivo sueño. Volvió a observarlo. Tuvo que admitir que funcionaba maravillosamente bien. Decidió que, contrariamente a su idea inicial de deshacerse del aparato, se quedaría con él. Sin duda, desde el momento en que llegó al apartamento vacío, se había convertido en su mejor compañía. Volvió a mirar ahora al dispositivo con gesto cariñoso y tranquilizador, asegurándole su continuidad en aquella casa. Inexplicablemente, tuvo la impresión de que aquel aparato entendía lo que él intentaba comunicarle con la mirada.

Ahora que parecía recuperar un hilo de normalidad en su vida, se sintió aliviado y bien dispuesto. Iría al baño y después bajaría a comprar. Empezó a silbar con tímida alegría…  Abrió la puerta del lavabo e, inesperadamente, encontró un sobre en la repisa del lavabo que le puso en alerta. La letra era de ella. Se quedó, por un momento, paralizado, sin atreverse a leer su contenido. Finalmente, pensó que ya no podía ser peor. No tenía nada más que perder… Empezó a leer: “Luis, mañana vendrá un técnico para llevarse el aparato del aire acondicionado. Con lo que siempre te has quejado, seguro que me lo agradecerás. Teresa.”

Dejó caer la hoja. Sintió como si las únicas gotas de esperanza con las que había empezado a llenar su vacío se evaporaran de un plumazo, y le invadió un hondo sentimiento de culpabilidad al saber que había engañado a su único amigo de aquella mañana, creándole falsas expectativas de continuidad. ¿Cómo le explicaría ahora que ya no estarían juntos, que el cruel destino les había separado? ¿Cómo se enfrentaría de nuevo al vacío sin su compañero? No le pareció justo. Nada era justo en esta vida.

Salió del baño con paso indeciso, buscando en su interior la mirada adecuada para comunicarle la triste noticia. ¡A qué difíciles pruebas nos somete la vida!

Faery


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