El tiempo detenido

Escrito por Faery63 31-01-2018 en superación. Comentarios (0)





El tiempo detenido

Paredes blancas y un gran reloj de pared que parece haberse parado… Pero no, es solo una impresión falsa, un delirio de su pulso desbocado en la interminable espera. Aunque ahora era solo una rutina, no conseguía acostumbrarse a esas visitas llamadas “de control” que le programaban cada seis meses. Respiró hondo e intentó relajarse.

Recordó que hace cuatro años, en esa misma sala en la que se encontraba ahora, tuvo que sentarse para recuperar el aliento después de abandonar la consulta en que el oncólogo le comunicó la negra noticia. Entonces le pareció que estaba viviendo un mal sueño, que despertaría y la angustia desaparecería, que no podía ser. Sintió el tiempo detenido, como si todo su ser se hubiera adentrado en uno de esos agujeros negros que intrigaban tanto a su hijo. Nunca supo si pasó una hora o dos hasta que se sacudió levemente el pánico que le atenazaba. Debía sobreponerse. Estaba convencido de que el especialista había sido sincero dándole esperanzas. El tratamiento no sería fácil, pero había muchas posibilidades de éxito. Le angustió no saber en qué lado de las estadísticas estaría su caso. Siempre había creído poco en las estadísticas…

Las cálidas palabras del médico le reconfortaron en cierta medida, pero sabía que, como en los peores trances a los que no somete la vida, habría momentos que debería afrontar solo. Y estaba aterrorizado, con la mente bloqueada y el corazón al galope... Pensó que siempre había tenido miedo a la muerte y ahora esta se asomaba a pocos metros de su vista y le mostraba su ilimitado e inexorable poder. Un aviso de megafonía para otro paciente le devolvió a la realidad. Tenía que reaccionar. No podía dejarse vencer por el pánico y el abatimiento. La vida nunca le había puesto las cosas fáciles, pero este nuevo obstáculo parecía superarle. Con ese pensamiento de insoslayable derrota, pero ya capaz de caminar, emprendió rumbo a casa.

Hacía un día espléndido de primavera. A medida que avanzaba por las calles de la ciudad le pareció que veía todo por primera vez. Sus ojos se iban llenando de imágenes del paisaje urbano que la luminosidad del día transformaba bellamente. A pesar del ruido de los coches, le pareció ser capaz de sentir y disfrutar del silencio. Los árboles del amor (siempre le gustó el árbol y su nombre) que vestían de color malva las aceras de algunas calles se mostraban ese día más hermosos que de costumbre. El aroma de algunas flores en las terrazas de los cafés le recordaron las excursiones a la montaña en familia. Sintió la mirada amable de alguien que esperaba junto al semáforo como él… De pronto, como si de una revelación se tratara, sus sentidos le desvelaron cuánto amaba la vida, cuánto amaba a su familia, cuánto había disfrutado, cuánto deseaba vivir todavía, cuán importante era cada instante, cada minuto… Y en ese momento, supo que encontraría las fuerzas para hacer frente a ese cruel depredador de vidas, supo que lucharía hasta el final, incluso si ese final era la muerte… Y aunque la batalla fue dura, venció. Y desde entonces, la vida adquirió para él un color, un aroma y un sentido inefables.

La megafonía le despertó de su ensimismamiento mientras esperaba. Le llamaban. La misma enfermera de siempre le saludaba alegremente. El mismo oncólogo le estrechaba ya la mano también con gesto sonriente. La mágicas palabras “todo está bien” sonaron como música del paraíso y el mundo volvió a iluminarse tras ese tiempo de penumbra que duró la espera. Sabía que dentro de seis meses volvería a aquella blanca sala, al reloj de pared detenido. Pero la vida estaba ahí fuera y ahora le esperaba.